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Lunes, 04 de Mayo de 2026

Redacción
Lunes, 04 de Mayo de 2026
MADRID

Caos en las oposiciones del Estado: aprobar no basta si la Administración no publica los destinos

Más de 4.000 opositores que superaron hace aproximadamente un año los procesos selectivos de la Administración General del Estado siguen pendientes de conocer su destino definitivo. La situación, adelantada por ABC y recogida este 4 de mayo de 2026 por varios medios, afecta especialmente al Cuerpo de Gestión de la Administración Civil del Estado, cuyos aspirantes percibirían en torno a 1.060 euros mensuales mientras permanecen a la espera de la publicación oficial de los destinos.

El problema no es menor. Quienes han aprobado una oposición han cumplido ya la parte más difícil del contrato moral que la Administración mantiene con sus aspirantes: estudiar, competir, superar pruebas selectivas y acreditar mérito y capacidad. Pero, una vez logrado ese objetivo, muchos se encuentran en una especie de limbo administrativo: han aprobado, pero no saben dónde trabajarán; perciben una retribución reducida, pero no pueden planificar su vida; son futuros empleados públicos, pero no tienen aún un puesto efectivo al que incorporarse.

La incertidumbre está generando situaciones personales especialmente delicadas. Según las informaciones publicadas, algunos afectados encuentran dificultades para renovar contratos de alquiler, solicitar financiación o tomar decisiones familiares básicas, precisamente porque desconocen su destino territorial y profesional. En términos humanos, el retraso no es un mero problema burocrático: es una suspensión prolongada del proyecto vital de miles de personas.

Desde el punto de vista jurídico-administrativo, la cuestión enlaza con el régimen general de ingreso en la función pública. El propio BOE ha publicado resoluciones relativas al Cuerpo de Gestión de la Administración Civil del Estado en las que se hace referencia a las pruebas selectivas convocadas y al marco del Real Decreto 364/1995, que regula el ingreso del personal al servicio de la Administración General del Estado y la provisión de puestos de trabajo. Además, el INAP mantiene información específica de las convocatorias de este cuerpo, incluidas las de 2024 y 2025.

La paradoja es evidente: en un momento en que servicios como la Seguridad Social, el SEPE, extranjería u otros órganos administrativos soportan cargas de trabajo elevadas, miles de personas que ya han superado procesos selectivos permanecen sin destino efectivo. La Administración necesita personal; los aprobados necesitan incorporarse; los ciudadanos necesitan servicios públicos ágiles. Y, sin embargo, el engranaje se demora.

No se trata de negar la complejidad técnica de adjudicar miles de destinos, coordinar ministerios, comprobar vacantes, ordenar preferencias y publicar resoluciones. Pero esa complejidad no puede convertirse en una excusa permanente. Una Administración que exige al opositor puntualidad, rigor documental, cumplimiento estricto de plazos y sometimiento a bases de convocatoria debe aplicarse a sí misma un estándar equivalente de diligencia.

La oposición española descansa sobre una promesa: quien acredita mérito y capacidad accede al empleo público conforme a reglas objetivas. Pero esa promesa se debilita cuando, después de aprobar, el aspirante entra en una espera indefinida. Porque aprobar una oposición no debería significar pasar de la incertidumbre del examen a la incertidumbre del destino.

El problema de fondo no es sólo económico. Es institucional. Cuando el Estado tarda meses —o más de un año— en culminar efectivamente procesos selectivos ya superados, transmite una imagen de descoordinación que erosiona la confianza en el propio sistema de función pública. Y esa confianza es esencial: para los opositores, para los empleados públicos y para los ciudadanos que dependen de una Administración suficientemente dotada.

La conclusión es clara: la Administración no puede celebrar grandes ofertas de empleo público mientras mantiene bloqueada la incorporación real de quienes ya han aprobado. La oferta pública de empleo no termina en la convocatoria, ni en el examen, ni siquiera en la relación de aprobados. Termina cuando el funcionario toma posesión de su puesto y empieza a prestar servicio.

Hasta entonces, para miles de opositores, la plaza existe sobre el papel, pero no todavía en la vida real. Y esa diferencia, cuando se prolonga demasiado, deja de ser una incidencia administrativa para convertirse en un problema de justicia, de eficacia y de respeto al esfuerzo de quienes han confiado en el sistema.

 

 

 

 

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